"Tamiz"
Disco que marca el arranque como compositor del guitarrista Alejandro
Hurtado
Lo que hacen los verdaderamente grandes es empezar por venerar y aprender de sus mayores, asimilarlo, recrearlo y, a la vez, filtrar. De lo que hicieron aquellos genios y también de lo que tienen alrededor, a mano. Para, finalmente y con el producto de las dos cribas, crear su universo. Luego, si el tamiz es bueno y cabal, la pepita que se consigue es de oro. La sustancia forzosamente tiene que ser buena.
Alejandro Hurtado es esa buena noticia que la guitarra siempre necesita, y más ahora. De Alicante, como alguno de nuestros mayores más recordados. Y su segundo disco, que en realidad nació a la par que el primero, es la otra criba que nos faltaba para terminar de asombrarnos. Es su otra verdad, pero habrá más. Si no hace mucho dejó clara su exquisita sabiduría a la hora de recrear la esencia de los muy maestros, toca ahora mostrar el enlace de aquello con su realidad tocaora. Segunda pepita, onza, lingote de oro. No recodábamos debut más abigarrado ni más contundente en la sonanta. Estreno difícil de igualar en el que, efectivamente, además de primero, golpea dos veces.
“Tamiz” llega al caudal de la guitarra flamenca en medio de una época, de una corriente de materiales y sedimentos de variado origen, intención y resultado. Los tiempos actuales, en los que este disco alumbra, son para ir nadando y, con notoria facilidad, buscar hueco entre el rebaño y dejarse llevar. Hay abrigos seguros y muchas veces hasta rentables.
Pero Alejandro Hurtado ha optado por lo contrario: navegar hacia arriba, contracorriente. Hacia la cima del toque de su tiempo. Y, como su guitarra de concierto, solo y sin cuadrilla. De momento, ya mismo podría incluso grabar mucho más, lleva en los esportones dos discos y en este, como en el anterior, sus credenciales de aficionado, de conocedor y, en última instancia, de importantísimo virtuoso con pretensiones más allá de lo que dicten los mercados. Y ese más allá son las veredas y corrientes por las que, sin remedio, tendrán que navegar los pocos guitarristas que de verdad quieran dejar huella y marcar una época del toque. A todo ello, añádase la dificilísima capacidad de reconversión y recreación de cada toque, la constante renovación de sus composiciones y el inabarcable caudal creativo que atesora, así vengan tormentas imprevistas. Su tamiz no deja de estar alerta.
Ese ”Tamiz” de Alejandro aúna potencia, soniquete, peso… eso que tanto exigen los cancerberos de lo purísimo a los forasteros del flamenco que pasan por sus barrios. Pero también articulación, fraseo, limpieza y esas últimas novedades técnicas y armónicas que tanto demandan los académicos obsesionados con los análisis clínicos.
Sin embargo, el fuerte de la propuesta de Alejandro Hurtado es que su tremenda guitarra se pone al servicio de su propia razón de ser, de su misma esencia humana. Al final, se ve la nobleza de un joven pero ya bregado guitarrista que sabe quién es su familia, su amor, aquel festival de guitarra que le dio un pequeño empujón, el otro que le encumbró, la calle cordobesa en la que vivió su paso a la edad adulta, el cantaor que le pidió candela seguiriyera, el mítico cuarto de cabales de Villa Rosa donde se coció la guitarra flamenca o su mejor momento del día, para ser él mismo. El Alejandro que conocemos, el de siempre.
Pablo San Nicasio Ramos